Imágenes a través del espacio y del tiempo.

A aquellos que me seguisteis en mi viaje y a aquellos que me acabáis de encontrar por casualidad en la web, os invito a repasar ésta mi vuelta al mundo a través del ojo de mi lente en: http://milenteytu.com

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Gosaikunda y cierre.

En Heathrow me encuentro después de volar más de 20 horas en el trayecto Kathmandú – Hong Kong – Londres y todavía me quedan unas cuantas horas más para tomar el vuelo a Atenas. Sí, mis amigos, ya he dejado Nepal pero juro que volveré a más tardar el próximo abril. Dejando a parte el hecho de que la montaña me tiene enganchada y para montaña no hay mejor sitio, los nepalíes me chiflan, son una gente encantadora, siempre sonriente y con buena voluntad hasta el desconcierto. Esto de que te llamen “sister” y te deseen buena suerte a todas horas me da muy buen rollo. ¡Menudo contraste al salir del aeropuerto en Londres y encontrármelo todo limpio y silencioso! ¿Dónde está el barullo, la agitación, la vida al fin y al cabo? Aquí la gente no se mira, no se toca, no se habla. Y si lo hace es de soslayo, con un roce no planeado que invita a la disculpa y levantando tan poco la voz que parece que sólo estén moviendo la boca. ¡La civilización! Pues menuda cosa, si sólo sirve para que te pregunten si quieres ventana o pasillo…. El último día en Kathmandú, vi a unas señoras muy civilizadas que pidieron una coca-cola en un bar y después de descartar los vasos que les trajeron, limpiaron la boca de la botella con este jabón que no necesita agua. Me dieron pena, mucha pena, porque seguramente nunca probarían el masala o los momos o el queso de yak. ¡Esterilizémosnos, queridos míos, bebiendo coca-cola enjabonada! Total, ya estamos al borde la extinción… (Por lo que a mí respecta, yo ya estoy demasiado asilvestrada hasta para depilarme las piernas ; )

 Mis últimos días en Nepal los pasé haciendo un trekking hasta el lago Gosaikunda y tuvo que pasar de todo para que pudiera llegar y salir de ahí. Para empezar los permisos. Por un lado tienes que sacarte la tarjeta TIMS y, por otro, pagar el permiso de cada trekking. Yo pensaba que como ya tenía la tarjeta del trekking que me había sacado para el Annapurna no tenía que volver a hacerla pero me equivocaba. Hay que volver a pagarla cada vez que cambias de área y sólo, sólo, se puede hacer en Kathmandú (mientras que el permiso se puede pagar en cualquiera de los trekkings.) El caso es que sino es por la desinteresada ayuda de un agente de turismo que me ayudó a sacar la tarjeta in extremis no habría podido hacer el trekking. Más tarde, después de pasar 8 horas en un autobús para recorrer los 175 kilómetros que separan Kat de Dunchen -desde donde se comienza el trekking al Gosaikunda- (y han leído bien: 8 horas para 175 kilómetros), me encuentro con que sólo tengo 900 rupias -9 euros- y que el único cajero de Dunchen no funciona. A mi ayuda acudió Juanjo, un español que conocí en las 8 horas de autobús, quien me prestó 40 euros…. Sino hubiera sido por él habría tenido que irme por donde había venido (porque para el billete de vuelta sí que me llegaba) y aunque inmensamente agradecida, no me siento particularmente orgullosa de mi despiste económico. Todavía no me creo que después de estar viajando tanto tiempo, cayera en semejante trampa para novatos. ¡Confiar en los cajeros automáticos de Nepal! JA-ja-JÁ.

 Y este fue el comienzo de mi primer trekking en solitario porque éste era el reto esta vez: hacer el trekking sola. Hasta ahora siempre había tenido un compañero que me esperaba a la vuelta de la siguiente curva en el caso de que algo fuera mal pero ahora tenía que hacerlo yo sola y era mi última oportunidad, al menos en Nepal. Sin guía, sin porteador, sin compañero y fue todo un éxito. Llegué rauda y veloz a cada una de las etapas aunque tampoco tengo que darme muchas palmaditas en la espalda porque muy difícil habría sido que me hubiera perdido: sólo había un camino a seguir. Difícil pero no imposible. La primera noche conocí a unos israelís que estuvieron perdidos durante ¡2 horas! Me pregunto cómo consiguieron hacerlo…

El mapa lo tengo en la mochila y la mochila está en la bodega de algún avión (espero que el mío) así que no os puedo dar detalles. Pero sí que os puedo decir que el camino es de 18 kilómetros, superando un desnivel de 2.000 metros y llegando a una altitud máxima de unos 4.300. El primer día paré al superar los 3.000 metros de altitud tan sólo por precaución porque no estaba cansada. La parada no habría sido necesaria porque luego me enteré que una vez que subes a los 3.000, tienes 10 días en los que el cuerpo tiene la maquinaria de producir glóbulos rojos en funcionamiento y, aunque vuelvas a bajar, es muy poco probable que te dé el mal de altura. Pero bueno, como dicen aquí en la civilización: “safety first”. El segundo día llegué al Gosaikunda -el lago sagrado creado por Shiva- antes del anochecer, después de hacer una parada de emergencia de dos horas y media porque estaba cayendo el diluvio, otra vez. El tercer día bajé todo lo que había subido hasta llegar a Dunchen de nuevo y menos mal que estiré las piernas al final que sino no habría sido capaz de dar un sólo paso al día siguiente. (Advertencia: los que no están habituados a caminar suben en tres días y bajan en dos.)

 Caminar SOLA por la montaña es una maravilla. Cuando paras y el ruido de tus pasos cesa, sólo quedan los sonidos de la montaña y el latido de tu corazón. Respiras profundo y todos los olores de la hierba, de los árboles, de las flores invaden tus pulmones abiertos y te sientes viva, mucho más viva de lo que te puedas sentir allá abajo en la civilización de las coca-colas enjabonadas. Sólo hay una cosa que se le pueda comparar: el olor del deseo. ¿Lo habéis sentido alguna vez? Es ese olor que te hace desacompasar tu respiración con la del otro para poder respirar cada suspiro de la persona deseada, para llevarte bien dentro ese olor sin que se escape nada… No recuerdo su nombre, eran cinco y se presentaron todos al mismo tiempo. Lo que sí recuerdo fueron nuestras miradas fijas en la del otro. Y nuestras respiraciones desacompasadas mientras charlábamos hombro con hombro después de cenar. Cuando se enteró de que me quedaban cuatro días en Nepal, me sugirió que cambiara la fecha del vuelo y su respiración se hizo más intensa cuando le expliqué por qué no iba a hacerlo. A la mañana siguiente no sabíamos cómo despedirnos. Ni siquiera tengo su mail. Os cuento esto porque la vida te da con la misma alegría y la misma felicidad con la que te quita. Sólo hay que saber aprovechar cada momento. Incluso este mismo momento en el que me despido de este blog para siempre. Aunque parezca increíble, ha pasado un año ya desde que empecé a viajar y a escribir. La vuelta al mundo ya está acabada. Ahora lo que queda es la vuelta a casa y siento que este tramo también lo debo hacer sola. Ha sido un auténtico placer. Os agradezco de corazón las lecturas, los comentarios públicos y privados -incluso los silencios- los ánimos, las sugerencias, las sorpresas… Me he sentido acompañada por vosotros en todo momento. Os quiero. Me muero por veros. Id preparando el jamón serrano, el tinto del Somontano y el Cariñena, el queso curado, las borrajas, las costillas de cordero lechal, el bonito, la merluza y el bacalao, el pan tumaca con un buen chorretón de aceite de oliva y las anchoas con ajito picado por encima, que me tienen obsesionadaaaaa. Todavía no tengo fecha de vuelta pero cuando la tenga tampoco os la voy a decir (así que dejad al pobre Gamboa tranquilo ; ) Me lo voy a pasar teta planeando cómo os voy a sorprender un buen día en vuestro portal, en vuestra oficina o en la puerta de la biblioteca donde soléis ir a estudiar. Tal vez la próxima persona que se acerque a preguntaros la hora sea yo y, a partir de ahora, no os podréis dejar de pensar si será hoy el día. Tal vez no esté ni camino a Grecia, sino de Madrid o de Zaragoza. Me siento deliciosamente diabólica… Recordad, sólo hay una cosa que viaja más rápido que la luz: el pensamiento. Cierro blog.

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Cumpleaños en los Himalayas

Con los pitidos del tráfico del barrio de Thamel en Kathmandú resonando dos calles más abajo, os saludo de nuevo, cochinistas míos. Si no me equivoco llegué a Nepal el 5 de septiembre y me parece increíble que hayan pasado dos semanas ya y sigue sumando. Del vuelo HK-KAT sólo me acuerdo de un tipo sentado dos asiento detrás de mi, al otro lado del pasillo. Era un hombre negro, de unos cincuenta años, viajaba solo y le estaba dando un ataque de asma, aunque de eso me enteré más tarde. Se agarraba con las dos manos a la mesita plegable y, con los ojos cerrados, se concentraba en respirar muy profundo, tan profundo que con cada espiración, le caía más baba sobre la que ya tenía por la barbilla y el pecho. Hacía un ruido angustioso y tenía un aspecto nada prometedor pero nadie, ni siquiera las azafatas ocupadas en servir las bebidas, se daba cuenta de lo que estaba pasando. Después de mirar a mi alrededor, y de confirmar pasmada que era la única que le estaba prestando atención, avisé a una azafata y al momento tenía a unas cuantas revoloteando a su alrededor. Hasta la azafata jefa de primera clase se pasó por la turista. El tipo estaba tranquilo, consciente, respondía con lógica y seriedad. Sólo necesitaba su inhalador y al rato se quedó dormido con él en la mano. Pero, joder, qué susto de asma y qué miedo que nadie levantara una ceja ¿no? Y así llegué a Kathmandú a las 22h  y sin dólares en el bolsillo para pagar el visado. ¡Y cuidado que son 40 dólares por 30 días de estancia! Por suerte, el visado también se puede pagar en euros y en dólares de Hong Kong -que era lo que llevaba- que si no me habría tocado montar numerito para sacar dinero. (Un año viajando y que todavía me pasen estas cosas…) El caso que llegada al hostel, directa a la cama, y todavía haciéndome a la idea de que estaba en ¡¡NEPAL!!

A la mañana siguiente me metí de lleno en el bullicio de Kat. Le pedí un mapa al de recepción del hostel que me miró con cara de “te vas a perdeeeer” y yo le miré con otra de “tu no sabes bien con quién estás tratandooo, chavaaal”. ¿Y con quién estaba tratando? Pues con una pardilla que se habría perdido sino hubiera sido porque se le colgó del hombro el típico tío que aparece como de la nada, te da conversa y te lía y te lía hasta que llega la noche y todavía estás con él. El típico. A los dos minutos y medio le pregunté qué quería y él me contestó que nada, que sólo ayudarme. Al cabo de tres horas estábamos concertando sus honorarios como posible guía al Campo Base del Anapurna (10 dólares/día). Lo cierto es que mucho antes de eso me llevó directa a la Oficina de Turismo donde se pueden sacar los permisos de trekking y donde recogí mapas e info; me llevó en moto a un templo que hay por aquí patrimonio de la Unesco con muchos satus -hombres santos- que te piden dinero por hacerles fotos; me contó leyendas de Ganesh y el tridente, le saqué toda la info que pude, la contrasté con lo que hay por internet y cuando ya se puso muy pesado, le tuve que despedir amable e insistentemente -un beso ya me parece demasiado… Con beso o sin él ya había decidido hacer el trekking del Campo Base del Anapurna por mi cuenta, así, sola, sin guía, sin porteador y sin ná. En un principio tenía pensado hacer la ruta circular que te lleva hasta el paso del Thorong-La, el más alto del mundo, a 5.000 y pico metros de altitud. Pero me di cuenta de que si hacía la circular, con unos 15 días de ruta aprox, (unos hablan de 12, otros de 21 días), no me iba a dar tiempo a ver nada más en Nepal y me parecía una pena así que opté por los supuestos 9 días del campo base del Anapurna desde donde se puede ver el Anapurna I, un 8.000 al fin y al cabo, que tampoco está nada mal.

Al día siguiente volví a la Oficina de Turismo con mis fotos, mi dinero y mis fechas para sacarme los permisos y hete aquí que hay otro españolito en las mismas que yo, sólo que él ya estaba terminando cuando yo llegué. Tan rápido fue todo que la presentación se solapó con la despedida y Rafa “el guardabosques de Picos de Europa del lado de Potes, Cantabria” marchó por la puerta y allí quedé yo, rellenando mis papeles y pensando que le debería haber propuesto ir juntos, cuando Rafa vuelve a aparecer por la misma puerta por la que se había ido -no había otra- y me pregunta que si quiero ir con él al ABC -Anapurna Base Camp- o que si prefiero ir sola. Pues menudo compañero me había echado ¡un guardabosques ni más ni menos! Ni que decir tiene que acepté encantada. Y de ahí que nos fuimos a hacer los preparativos para salir camino a Pokhara al día siguiente. Compramos los billetes de autobús y algo de equipamiento que nos hacía falta y ¡chicos! ¡Noticias! ¡Ya tengo mi camel-back o la joroba esta que te permite ir bebiendo agua sin necesidad de parar a echar mano a la botella! ¡Y no veáis cómo mola!

Sea como fuere, el ocho de septiembre estábamos en Pokhara después de un largo viaje en autobús que empezó a las siete y media de la mañana y que duró ocho horas por unas carreteras llenas de curvas y baches. El 9 de septiembre comenzamos camino desde Nayapul, armados con el excelente perfil de la ruta que nos habían dado en la Oficina de Turismo de Kat, nuestros permisos, unos mapas que habíamos comprado, los bastones, las jorobas y las mochilas. Y esta es la ruta que seguimos:

Día 1. Pokhara – Nayapul (taxi, 1.500 rupias = 15 euros, 1h 30´) El taxista nos aseguró que una semana dejaba de llover -lo que significaba que se podía pegar toda una semana lloviendo- y por una ventanita que abrieron las nubes vimos el pico del Machapuchre -pronunciado “machapuchara” allá a lo lejos. Ya no volvió a abrir más en todo el día.

Nayapul – Kimché. 10 kilómetros. 500 metros de desnivel, max 1550 m.a. 6 horas de camino (siempre contando con los descansos.)

Siendo el primer día nos lo tomamos muy tranquilo, como debe ser, de calentamiento y haciendo paraditas a cada rato donde comencé la tradición del té masala -yo creo que he sobrevivido al Annapurna a base de masalas. Preguntando a la gente que nos encontramos por el camino -porque no hay muchas señalización que digamos- fuimos pasando por los pueblos de Birethanti, Chimrong y Syauli Bazar hasta que llegamos a Kimche. Y cuando nos empeñábamos en perdernos, los lugareños nos indicaban que por ahí no era con un ruidito de “ntntnt”. La verdad es que perdernos lo que se dice perdernos, nos perdimos una vez. El primer día. Y no hubo mucho que lamentar porque rapidito retomamos el buen camino. En estas fechas todavía no hay mucha gente por los senderos pero aunque parezca que estás solo, enseguida aparece algún campesino o algún niño que te indica el camino a seguir en una encrucijada. Además, si vas de ida, normalmente el camino correcto es el que va cuesta arriba… (¡ACABO DE SENTIR UN TEMBLOR DE TIERRA!)

Día 2. Kimche – Chomrong. 15 kilómetros. 800 metros de desnivel, max 2140 m.a. 8 horas de camino.

 El trigésimo cuarto cumpleaños de la menda. Y una tufa de agua que nos cayó encima que no os quiero ni contar. El Goretex no aguanta eso por mucho Algore que sea. Caía un torrente de pleno monzón bajando hasta el río que se llevaba el propio camino. Y de subida tuvimos que luchar contra las sanguijuelas que se colaban por donde fuera y podían acabar en sitios tan insospechados como el costillar superior derecho. “¿Y cómo habrá llegado hasta allí la bicha?” te preguntas “¿Cómo habrá traspasado las dos capas, capucha y mangas hasta llegar a la sobaquina?” Y más importante todavía “¿cómo habrá salido de ahí, si es que lo ha hecho?” Mi primera sanguijuela estaba en el dorso de la palma de la mano izquierda y me la vi cuando me estaba llevando una galleta a la boca, pensando que lo peor ya había pasado. “¡Quítamela, quítamela!”, le decía a Rafa, intentando mantener la calma y la voz a un nivel adulto. La sanguijuela no duele, sólo da mucho asco. Te la tienes que quitar con fuego o con sal porque si tiras de ella pueden quedar sus dientes dentro de tu carne y lo más seguro es que se infecten y menuda gracia. Así que hay que mantener la calma y rezar para que el mechero no se haya mojado durante el diluvio. Rafa me quita la sanguijuela, me mira y me dice “pues vaya cumpleaños que estás teniendo” y yo le respondo “esto sólo imprime carácter, Rafa, imprime carácter” y ya nos quedamos con la broma para el resto del trekking. A la sanguijuela siguieron llamadas de felicitación de mi padre y amigas -y no estoy sugiriendo ningún símil-, lo que me alegró aún más si cabe el día. Y a las llamadas siguió una gran tormenta nocturna que resonaba y rebotaba contra el techo de lata del albergue y que nos hizo pensar en la madre del taxista del primer día.

Día 3. Chomrong – Himalaya. 10 kilómetros. 800 metros de desnivel, max 2.929 m.a. 9 horas caminando.

A partir de Chomrong el paisaje cambia y las condiciones del camino también. Ya no hay más poblaciones permanentes y lo que quedan son albergues o “tea houses” como las llaman aquí. No es que vayan a faltar, las hay de sobra y más en esta época del año, pero ya no hay niños yendo al colegio, ni mazorcas al sol, ni mulas cargando enseres, ni plantas de marihuana por el camino (lo que me hace sospechar que no son tan silvestres como se propone.) El camino se estrecha, es más aéreo y sientes más la montaña. A estas alturas -sería por la falta de oxígeno- yo me sentía ágil como una gacela, ligera como una pluma y rápida como un leopardo de las nieves. Había desarrollado de pleno la visión de barrido -que no sé si es invento mío pero así la he venido a llamar- a la que había dedicado el día anterior y que consiste en mirar el lugar en el que estás pisando y, al mismo tiempo, mirar también los cinco metros que tienes delante de ti en un campo de visión en forma de tubo que se ensancha al final. De esa manera sabes donde estás pisando y a la vez analizas los siguientes pasos que vas a dar, lo que te permite no pararte a pensar qué camino es mejor y así no pierdes ritmo. (Todo esto sin olvidar el pie que queda atrás que lo mismo hay una piedra más alta que otra) Piensas: “piedra grande en mitad del camino, posiblemente se mueva; charco a la derecha, barro en la izquierda, saltar por encima de las raíces…” Y así todo el camino. Si a eso le unes que te sientes bien con el esfuerzo y que tu cuerpo responde, te conviertes en una máquina de pisar millas. Me acordé de Andreu en el Abel Tasman de Nueva Zelanda cuando después de nuestro primer trekking de 9 horas para él, me cogió por los hombros y me dijo “baila, baila”. Estaba puesto hasta las cejas de endorfinas y yo también cuando le decía a Rafa esta vez: “yo porque va a caer la noche, que sino, sigo caminando. ¡Que sigo caminando!” A las 16h empezábamos a buscar alojamiento, y ya se nos habían hecho las 17h aquel día. “¡Cómo anda esta chica!”, decía Rafa, “¡cómo anda!”. Todavía no le había explicado lo de la visión de barrido.

Día 4. Himalaya – Campo Base del Machapuchare. 8 kilómetros. 500 metros de desnivel, max 3.700 m.a. 7 horas caminando.

¡Mucho tiempo para tan pocos kilómetros!, diréis. Ya, pero es que la etapa se termina a una altitud de 3.700 metros y la verdad es que noté bastante la falta de oxígeno. En el último tramo era como si tuviera el mareo seco del marinero que baja a tierra, tenía que enfocar el camino dos veces para ver donde estaba pisando y lo encontraba hasta casi divertido. La cabeza me dolía a ratos y me tropezaba todo el rato con las piedras del camino. Por mucho que pensara que tenía que levantar más los pies, daba igual, me seguía tropezando. Así que me quedé en el Campo Base (CB) del Machapuchre mientras Rafa subía al Annapurna CB ese mismo día. Me tomé un masala -otro- y salí a sentarme sobre una roca a mirar la montaña. O lo que la niebla dejaba ver de ella. La niebla subía despacio del río y cubría la pared de la montaña con dedos sinuosos, inacabables, que se movían lentos, lentos, cubriendo cada recoveco de la piedra, sintiendo cada átomo de granito. Escalaba la montaña en un baile apasionado pero terriblemente contenido, quién sabe si tan ni siquiera la llegaba a rozar. No hay prisa, la niebla lleva seduciendo a la montaña millones de años ya. Contemplando como la niebla le hace el amor a la montaña intentas no respirar, no sea que les molestes. Y piensas que aunque no se vea el pico, tomado como está por las nubes, la montaña sigue siendo igual de hermosa. Y que la montaña es lo que tiene, que a veces se deja ver y otras no, y precisamente por eso la quieres más. Pensé en la cantidad de picos que he visto ya: Torres del Paine, Fitz Roy, Uluru, Monte Cook… ¡Qué más daba que la Cordillera del Himalaya se hacía de rogar un poco? Así tenía excusa para volver (como si necesitara alguna…) El caso es que llevaba cuatro días nublados sino es lloviendo o diluviando y parecía muy poco probable que al día siguiente hubiera algún cambio. Había observado que el único momento del día en el que parecía verse algo era muy temprano por la mañana, como a eso de las 5:00-5:30: Luego se nublaba todo y a echarle imaginación. Esa noche me metí en el saco y puse el despertador a las 4:00 de la mañana con la esperanza de que sirviera de algo.

Día 5. Campo Base del Machapuchre – Campo Base del Annapurna. 3 kilómetros. 400 metros de desnivel, max 4.130 m.a. 1 hora y media caminando.

Me levanto a las 4:00h. El día está oscuro como boca de lobo pero se pueden distinguir unas nubes bajas. Hago tiempo hasta las 4:30 pero la situación no cambia y me vuelvo a meter en el saco. Me despierto a las 5:15 salgo y ¡se ha producido el milagro! Se me olvida respirar cuando veo la cara sur del Annapurna totalmente despejada y su frente nevada iluminada por el sol anaranjado del amanecer. El sol estaba bajo y dejaba la base de la montaña en la oscuridad, lo que hacía parecer que el Annapurna estuviera flotando en un aura de luz misteriosa, medio divina medio fantasmal. Cuando recordé respirar, desperté a Rafa con más urgencia de la que pueda recordar nunca. “¡Rafa, la montaña!” La montaña es como dios, aún cuando no puedes verla sabes que está ahí y cuando por fin aparece es una llamada que no puedes negar o posponer, tienes que acudir inmediatamente. Y así Rafa estaba en tres segundos en la calle, en calzoncillos y calcetines boquiabierto ante el Annapurna Sur. Me vuelvo de espaldas y ¿qué veo? El pico perfecto del Machapuchre. ¡Vaya despertar! Toda una conspiración en contra de meteosats y taxistas. No sabíamos si seguir ahí parados, extasiados y en calcetines, o si comenzar la marcha al Annapurna CB. Efectivamente: subimos al Annapurna CB.

Por el camino yo no sabía para donde mirar. La cordillera del Himalaya se había desnudado de nubes, nieblas y neblinas y relucía entera con sus nieves perpetuas ante mis ojos. Piedra negra, nieve blanca como no la hayáis visto nunca. El camino se hizo liviano sin mochila y la cámara de fotos vivió uno de sus momentos más gloriosos hasta ahora. Una vez arriba desayunamos con el mapa desplegado sobre la mesa. Teníamos una vista privilegiada desde el centro del círculo de montañas. Al Norte se podía ver el Anapurna I, con 8.091 metros de altura -el primero de mis 14 ocho miles, a uno por año acabo cuando tenga 48, ¡je!- Al este el Machapuchre, con 6.997 metros, también conocido como Cola de Pez por la forma que tiene el pico. El pico es perfecto, cortado a precisión pero más me parece la cabeza de un pez que la cola. Al oeste, toda la fachada del Annapurna Sur con sus 7219 metros. Y detrás de nosotros, el Hiun Chuli, con 6.434 metros. Y todo esto con café y tostadas y sin turistas. Éramos cinco, contados con estos deditos de esta mano. “Too good to be true.” Y además la ventana sí duró: casi cuatro horas y no fue ventana sino cristalera. Allá arriba, a ese pico de 8.000 o 6.000 que estás viendo no ha llegado nadie. Esa nieve tan perfecta, acumulada durante millones de años, capa a capa, invierno tras invierno, no ha sido tocada por el hombre nunca jamás. Es pura, bella, sin falta, sin huella. Yo le hubiera pedido a la vida sólo una cosa más: ¡más zoom en la cámara! ¡Y ponme otro masala! Nos hicimos las fotos de rigor en el mojón este que no me acuerdo como se llama con todas las banderitas de colores y las placas a los que intentaron subir el Annapurna y no volvieron. Admiramos la morrena del glaciar y buscamos con la mirada los restos de la lengua de hielo mezclada con tierra y piedras. Y cuando la ventana empezó a cerrar, empezamos también el descenso. Volvimos a Machapuchre CB para tomar las mochilas y seguímos bajando hasta Dovan, ya a 2.500 metros de altitud.

Día 6. Seguimos descendiendo hasta Jhinu (1.700 metros altitud.) y las rodillas empiezan a acusar tanta bajada. La visión de barrido se convierte en “escalón, escalón, escalón”.

Día 7. Acortamos camino por New Bridge hasta Nayapul. Nos vuelve a caer la del pulpo dos veces y volvemos a cruzar por el valle de las sanguijuelas. Incluso vemos a un chico que se estaba intentado quitar una que tenía muy subidita en la ingle mientras su grupo de amigos se carcajeaba de él. Llegamos a Nayapul alrededor de las 15:00 y tomamos un bus por 80 rupias a Pokhara. Llegamos a Pokhara tarde y cansados. Cena de filete y a la cama.

Resumen: totalmente recomendable, si te gusta caminar querrás más. Se puede hacer sin guía ni porteador perfectamente. A comienzos de septiembre llueve mucho y casi no hay turistas pero imagino que a finales de mes aquello será como una romería. En dormir gastas 100 rupias la noche (1 euro) pero un plato de pasta te cuesta 500 rupias o más y después de caminar tanto te apetece un buen plato de algo caliente y contundente. Calculo que me habré gastado 10 euros al día, aprox. Hay quien se queja de que está todo muy preparado y hay muchas “tea house ” y el camino está empedrado. Yo le contestaría que se subiera los 4.000 metros con tienda y comida para siete días, y sin vías abiertas. A ver hasta dónde llegaba.

Advertencia: no se seca nada y todo se moja. Al final poníamos los calcetines dentro del saco para que se secaran con nuestro propio calor y subían unos efluvios que más que dormir yo creo que caíamos desmayados.

En Pokhara he estado dos días estabilizándome frente al lago Phewa. Inundada por el clavo, el jengibre y la canela de las teteras de masala que me he tomado en una terraza frente al lago. Leyendo un compendium científico y llenándome la cabeza de galaxias, estrellas y supernovas. ¿Sabíais que realmente no tocamos nada? Lo que ocurre es que la carga negativa de nuestros electrones reacciona con la carga negativa de los electrones de lo que intentamos tocar y se produce un rechazo entre los dos cuerpos. Como cuando intentamos juntar dos imanes con la misma carga magnética. O sea, que cuando estamos sentados, nuestro trasero no está apoyado sobre la silla sino que está realmente levitando sobre ella a una distancia de 1 milímetro elevado a la menos 39 (o algo así), es decir, un milímetro dividido por muchos ceros a la izquierda. ¡Lo que hay que oir! Y aquí ando en Kat de vuelta, sin saber muy bien cómo hacer esto del próximo trekking por Lantang pero me quiero marchar mañana mismo. Aquí hay demasiados coches, ruidos, gente y polvo.

¿Os he comentado que no vuelvo? Es decir ¿Que hago una parada más en Grecia? (Pero vamos, con lo que se oye de España en gral y de Madrid en concreto dan ganas de quedarse en los Himalayas, mire usté.)

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Un hasta luego desde Pokhara

Una breve nota para comunicaros que manyana dia 10 (que tendra el diez?) de septiembre, comienzo el trekking del campamento base del Anapurna. Estare fuera de blog durante unos 12 dias aprox. La idea que tenia de pasar el Thorong-La no resulto muy practible pero este tampoco va a estar nada mal. Un besazo. Nos vemos pronto…

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Hong Kong

Cuando pensaba que ya lo había visto todo, llego a Hong Kong y me vuelvo a sentir como una niña pequeña que ve el mundo por primera vez con los ojos muy, muy abiertos. Hong Kong es China pero no es China, es una antiguo protectorado inglés pero es como de otro planeta. Me extraña que la visa que estampan en el pasaporte no sea intergaláctica y lo que sigue es sólo una muestra. HK es uno de los pocos lugares de este mundo donde la población es china, blanca, negra, hispana e hindú y donde las máquinas expendedoras no venden chicles, ¡sino paraguas! La gente no paga ni con tarjeta ni con efectivo, sino con Octopus, y las monedas -que aquí una sigue siendo de la antigua escuela- no son redondas sino que tienen forma de flor. Pagues con Octopus o con flores, hay cola para entrar en Chanel (tengo fotos que lo atestiguan). Los edificios de 20 pisos se construyen con andamios de bambú mientras que algunas calles están divididas longitudinalmente por una línea que marca el límite donde se puede fumar y donde no, pero tanto en un lado como en el otro, todo el mundo camina hablando por su i-phone4 o enganchado a su i-pad2. Tiffany´s y Cartier se pelearán por el diamante rosa más caro PERO un pasaje en el Star Ferry os costará sólo 2´30 HK dólares (unos 23 céntimos de euro).

 Todo eso y más es HK, y la llegada no pudo ser más espectacular. El autobús de dos pisos del aeropuerto bajaba Nathan St abajo -que es como la Quinta Av. de NY- y yo, como no, sentada en los primeros asientos del piso superior, tenía toda la panorámica de las luces de neón convirtiendo la noche en un brillante espectáculo de colores que se reflejaba en mis pupilas. Estaba, sencillamente, flipando. Era como si hubieran dado un tripi y lo viera todo a través de unas lentes artpop. No veía el momento de llegar al hostel, dejar la mochila y salir a explorar. Dicho y hecho. Me hice con un mapa y para el Puerto Victoria que me fui.  La visión nocturna del skyline de la isla de Hong Kong desde Kowloon es increíble, como todo aquí. Por muchos que hayáis visto, con éste no podréis reprimir un ¨guau¨ seguido de una carcajada. Es tan masivo, tan abarrotado de rascacielos, acero, vidrio, luces y colores que parece una maqueta o un telón de fondo. No es como el de Shanghai en el que cada edificio parece tener su espacio y su aire alrededor dentro de la composición. El del HK es como si alguien hubiera lanzado las fichas al aire y ahí quedaron donde cayeron. No crees posible que la gente pueda realmente vivir y/o en ese tumulto e incluso que ese tumulto te pueda parecer bello… Era tarde pero no me sentía cansada, tenía las glándulas lanzando adrenalina a chutazos. Con la mente a 1.000 por hora me obligué a meterme a la cama y eran ya las 2 am.

 Toda la mañana del día siguiente la pasé metida en un centro comercial dispuesta a enmendar las pérdidas tecnológicas que he tenido durante este año y flipando con las mil una que hay para comprar en HK, eso sí, siempre que uno tenga poderío, como los USB con cristales Swarosky o las cámaras de lomografía con diseño de piezas de Tente. Debido al acuerdo que firmaron China e Inglaterra, cuando ésta le devolvió HK a aquella en 1997, HK sigue manteniendo una economía de libre comercio y, más que eso, ¡¡los precios están tirados!! Acabé comprándome el teléfono más barato que encontré (el móvil con el que empecé este viaje murió ahogado en una playa Camboyana) para dejarme los cuartos en un MacBook Air 11″ (recordareis que me robaron el ordenador en Vietnam). Para que os hagáis una idea aprox, la última vez que miré este Mac en España, costaba 1.100 euros -de esto hace un año-  y aquí lo he comprado por algo menos de 700.  Resistirme a las Canon y Leica con objetivos telescópicos fue mucho más fácil pensando que el Anapurna que me está llegando sería mucho más fácil con la compacta que estoy usando ahora. Además, ya no estaba para mucho gastos más ; ) Pasé buena parte de la tarde familiarizándome con mis nuevas adquisiciones y enamorándome poco a poco del Mac hasta que las 8 de la tarde se acercaron peligrosamente. Con mucho dolor de mi corazón, dejé el Mac (Hongki a partir de ahora -aquellos que me vieron comprar mi primer portátil en Nueva York hace casi 10 años, sonreirán con la analogía) a un lado y volví al Puerto Victoria para ver la Sinfonía de la Luz, el espectáculo de luz y música que ostenta el récord Guinness por ser el que lleva más tiempo en funcionamiento -o algo así… The Symphony of Light se puede ver todas las noches a las 20h y el único lugar para verlo y disfrutarlo es del lado de Kowloon en la pasarela del Centro Cultural de la ciudad. Los rascacielos sacan a brillar sus mejores luces y focos láser del último piso y los hacen bailar al ritmo de una música electrónica con mucho teclado y sintetizador, demasiado ochentera para mi gusto y es que creo que el show lleva demasiado tiempo en “cartel” sin una buena pasadita del polvo. Una tenía la impresión de que en el momento más inesperado iba a aparecer David Bowie, enfundado en un mono espacial y montado en una moto intergaláctica con David Lynch y Prince como copilotos, dejando un rastro de polvo de estrellas. Bueno, ¿también se podrá criticar, no?

Después del espectáculo me monté en el Star Ferry, una joya de madera del siglo pasado con sus marineros vestidos de primera comunión, para cruzar por primera vez a Hong Kong Island. Hacerlo por la noche fue todo un lujazo, con ambas orillas iluminadas una no sabía pa donde mirar. Se me había metido entre ceja y ceja ir al edificio de convenciones y congresos para contemplar la orilla de Kowloon desde el ventanal de siete pisos que mira al puerto. Lo cierto es que una vez llegada al ventanal me dio un vertigazo de lo más lindo y agarrándome a la barandilla tomé camino escaleras abajo. En Kowloon de nuevo, terminé la noche en el Centro Cultural que ríete tu del Caixa Forum, vaya pedazo de edificio con vaya pedazo de programación de conciertos, óperas, teatros y películas. Con un poco más de tiempo -o planificación- habría aprovechado alguno de ellos que hace mucho que mi vida cultural anda descuidada….

 El tercer día fue todo un pateo por Kong Kong Island. Primero tomé el tranvía que sube hasta el Pico Victoria y tengo que avisar que las vistas desde arriba deben ser mucho más impresionantes de noche -pero qué no impresiona de noche en HK- que de día ya que normalmente el paisaje lo cubre el smog. Esta fue la parte tranquilita porque al final del día me había recorrido a pata gran parte de la isla. Primero, los barrios de Admiralty y Central con sus rascacielos de brillantes fachadas que no hacen sino reflejar el edificio que tienen en frente que normalmente es otro rascacielos que vuelve a reflejar el anterior y como a mí las reflejos me pirran -en casa tengo los espejos estratégicamente colocados para que reflejen un cuadro o, por ejemplo, la calle- me pasé buena parte del día fotografiando edificios dentro de otros edificios. Me pasé por Soho y sus restaurantes pero los encontré demasiado “chic” para ser South of Hollywood. Seguí y terminé en Sheung Wan con sus tiendas de antigüedades y curiosidades, con sus casas bajas, tiendas de pescado seco y tranvías de dos pisos. Volví a casa reventada pero, fíjate tú por dónde, me encontré a unos catalanes con los que había estado compartiendo miedos y angustias chinas en Tailandia, cuando todavía estábamos planeando cómo acometer la tarea amarilla, y estuvimos cenando juntos e intercambiando impresiones. Si es que el mundo es un pañuelico, nen…

 El cuarto día fue la despedida para mi. Se me acababa China y casi que sentía que se me estaba acabando el viaje. Así que opté por pasar un día de playa en Lantau, otra isla a 40 minutos en ferry desde Hong Kong Island. Esto seguía siendo HK pero no había ni rascacielos ni centros comerciales si no búfalos invadiendo la playa y templos con vistas de atardeceres. Parecía increíble que eso también fuera Hong Kong… Mi día fueron unas almejas al vapor, una lectura sobre la arena y dejarme llevar por las olas del mar. Hasta yo sé quedarme quieta de vez en cuando : ) Dicho lo cual es bastante gracioso admitir que voy subida a un avión que aterrizará en Kathmandú dentro de 25 minutos. ¡Y viva Nepal! Ole, ole y ole.

 

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Beijing 一Xi’an

Mae mía, maemía, maemía! Cuando le puse nombre a este blog no sabía hasta que punto estaba dando en el clavo. Y es que no me da tiempo a moverme a este ritmo, mantener el blog actualizado y dormir más de cinco horas al día. Pero… ¿y lo cochinamente que me lo estoy pasando? Eso no lo sabe nadie (recomendación: leer la última línea a lo Rapael.)

Llegamos a Beijing –o Pekín como le gusta llamarla a todo el mundo por aquí- el 26 de agosto. Cinco días nada más y parecen siglos… Entre pitos, flautas y las preparaciones para mi “solo” en Xi’an se nos fue el día pero sabíamos que al día siguiente llegaba lo gordo y nos fuimos a la cama conteniendo el aliento.
¡Sí, señores, sí! Al día siguiente tocaba la Gran Muralla y por Júpiter que tiene el nombre bien merecido. El murallón se puede visitar en diferentes puntos pero no queríamos ni oir hablar de Badaling, el mas turístico, porque nos imaginábamos una Montaña Amarilla 2. En un principio habíamos pensado hacer un trekking de Jinshanling a Simatai pero nos enteramos a tiempo de que el tramo de Simatai está cerrado por reconstrucción con lo que nos conformamos con caminar el primer tramo.
El viaje hasta Jinshanling lleva tres horas, en comparación con los 45 minutos a Badaling, y precisamente por eso la muralla estaba practicamente vacía, ¡vacía! Y eso que era sábado…
Y que vistas, que impresión cuando las ves por primera vez siguiento el contorno de la montaña, subiendo, bajando, serpenteando, desapareciendo bajo una loma, reapareciendo en la siguiente curva. Aqui en China todo lo comparan con el dragon pues bien, la Gran Muralla SI que parece un dragón, con almenas y ladrillos a modo de escamas, viajando semi enterrado en la tierra, tan largo que no sabes distinguir cabeza de cola.
De un lado de la muralla China, del otro Manchuria y en el medio nosotras, caminando por toda su anchura, y no es un paseo de domingo. Hay momentos en que el camino es tan empinado que parece que el suelo girara volcandose hacia ti. ¿Parece? ¿O es el dragón que se está moviendo?
Yo solamente podía pensar la gente que construyó aquel monstruo, la de piedras que tuvieron que subir por aquellas montañas, y la de gente que murió por el camino. Pero ni siguiera la muralla consiguió mantener a Hengis Khan fuera del imperio chino…
Lo que me lleva a la siguiente parada. Otra monumentaldidad pero de este siglo y que siendo visitada en el mismo día que la muralla, te hace perder la cabeza y el horizonte. Estoy hablando del Parque Olimpico del 2008. Una pagoda futurista que se ilumina por pisos de todos los colores, un estadio postestructuralista que entre sus vigas de acero iluminadas de rojo parece estar hecho de aire. Una caja de agua donde los muros parecen estar formados de gotas de agua que también cambian de color. Amplias avenidas donde vuelas las cometas. Y una “food court” donde puedes encontar los platos chinos mas típicos junto a un Spanish chocolate con churros > ) Ese día me fui a la cama toa loca con los chinos.
Al dia siguiente tocaba la Ciudad Prohibida y la Plaza de Tiananmen. La Ciudad no me dijo ni fú ni fá. Es una choza enorme dividad en diferentes patios que parecen replicas del anterior y del siguiente. Tiananmen Square me acongojó, no tanto por el tamaño, sino por las medidad de seguridad en display. Scanneres para entrar y salir, policías a tutiplen y hasta ocho cámaras de seguridad en cada farola –y había muchas farolas. Me pregunté que pasaría si me plantara en mitad de la plaza, junto al mausoleo de Mao y gritara “democracy for China!” Probablemente todas las cámaras se habrían girado en mi dirección, los policías se habrían avalanzado hacia mi y no habría vuelto a ver la luz del día más que en el patio de una prisión amarilla. En fin… Así y con todo todavía me quedaban energias para ir al zoo y ver los pandas. Tan monos, tan jugetones, tan comilones, un amor de ositos. Como el panda de peluche que tuve de pequeña y que destripé en un descuido. Pobrete…

Al día siguiente volaba a Xi’an y tuve una noche terrible con un dolor de muelas que comenzo así como de la nada. Para cuando llegué a Xi’an a las cinco de la tarde el dolor había remitido, transformándose en un flemón del tamaño de un huevo duro. Los chinos me miraban con cara de espanto y lo les respondia con otra mirada que decía: “¡estoy fea, sí, aprovecha que esto no se ve muy a menudo, je!” Me costó una eternidad llegar al hostel y es que Xi’an es una monstruosidad de ciudad. Sí, sí, la ciudad donde empezaba la ruta de la seda es ahora la ruta vetical del cemento y del ladrillo. Pero oye, Flemin y yo nos fuimos a ver el espectáculo de luz, agua y música frente a la Pagoda de la Gran Oca Salvaje –donde se supone que el tipo que trajo el budismo a China se encerró para traducir el Sutra- pero no lo disfruté. ¿Por qué? Porque si hay algo que no aguanto de los chinos es el reducido espacio vital al que están acostumbrados. Se pegan, se empujan, se meten el codo, se chillan al oído y, oye, tan normal, ni una disculpa. Y yo creo que eso es precisamente lo que me saca de quicio, la ausencia de disculpas. Pero no es culpa suya ni mía, sino de un unabridgable cultural gap. Así que sin excusas ni disculpas, Flemin y yo nos fuimos a la cama que al día siguiente había que levantarse temprano para, ¡tachán!, ver los soldados de terracota. Oh, yeah!
Tan temprano me levanté que el conductor del autobús que tomé para ir a la estación de trenes –donde se puede tomar el autobús de línea para los soldados- me preguntó en un chino más que comprensible “¿pero a dónde vas alma perdida que son las 5:30 de la mañana?” Yo le hice el ruido de la locomotora y de las ruedas moviéndome (ya sabeis: mimo y pictionary 24/7) y eso pareció convencerle.
Tan temprano llegué a los guerreros que las taquillas no habían abierto y yo era la primera en la cola. Pero los grupos de turistas en seguida aparecieron y en cuanto tuve la  entrada en la mano no corrí, volé hacia los guerreros y ¿saben qué? Los tuve para mi sola durante unos minutos.
Todavía se me ponen como escarpias, oiga, una nave de 14.620 metros cuadrados, 2000 guerreros, una señora de la limpieza y yo. Qué quietud, qué silencio se imponían. Los guerreros parecían tan reales –ninguna cara es igual a otra- que la posibilidad de que debajo de la capa de arcilla hubiera una persona real parecía más que una posibilidad. No sé cómo resistí la tentación de ponerme al mando de todos ellos con un “a la carga, mis valientes”.
No veas la que tenía montada ahí el emperador Qin Shihuang con su mausoleo –del cual los guerreros son parte. El tipo empezo su “tumba” cuando tenía 13 años, la construcción duró otros 38, el recinto cubre un area de 56 kilometros cuadrados y se dice que corrían ríos de mercurio bajo tierra. Y todo esto unos 400 años antes de Cristo. ¡Jesús! No solamente se hizo construir guerreros y caballos sino acróbatas y concubinas y cisnes y carros y todo lo que le pasara por el imperial moño. Estas bizarradas imperiales me sacan un poco de quicio pero tengo que admitir que la experiencia terracota fue imperdible y me llenó de energia para todo el dia. De ahí que me recorriera la torre de la campana, donde puede ver un espectaculo campanil-musical, el barrio musulmán y el muro de la antigua ciudad con un espectáculo de tambores que riete tu de las batucadas brasileñas. Me metí a la cama devastada pero feliz, fe-liz.

Hoy de vuelta en Beijing, gigante de cemento y humo que no me dice mucho, he ido al dentista. La tipa me ha leido la radiografía y me ha dicho que tengo la raiz de la muela partía y que hay que extraerla. Vamos, que quería quitármela aquí y ahora. Yo me he negado. Primero: todavía está infectada y hasta donde yo se no se toca una pieza infectada. Segundo: quiero una segunda opinión. Tercero: me quedan exactamente cuatro semanas para voler a España y creo que con los antibióticos que me ha recetado puedo ir tirando.
Cuatro semanas para volver? Por Zeus, Buda y San Quintin que no estoy preparada. Todo será por si las muelas…

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Shanghai es…

Shanghai es una mujer de negra melena, de gráciles y blancas piernas sobre vertiginosos tacones moviéndose al ritmo del vaivén de su minifalda de seda.

Es una mirada de ojos rasgados que te hipnotizan bajo la delgada línea de un flequillo.

Es el perfil de futuristas edificios que rascan el cielo y acarician las aguas del rio con sus luces de colores en una competición de originalidad.

Es un coktail de ron, fresas y chocolate blanco en el piso 87 de la torre Jimao.

Es una cena improvisada a la mesa de unos locales que, después de invitarte, quieren arrastrarte al karaoke más cercano.

Es un desayuno de dumplins y plátanos en el barrio antiguo, cuyas casas bajas todavía se resisten a ser reemplazadas por altos edificios -aunque saben que la batalla está perdida.

Es una noche de salsa y giros acrobaticos en una discoteca mirando al rio.

Es una tarde lluviosa de café compartido.

Es montarte de nuevo en el metro y sentir añoranza cuando te das cuenta que la línea 3 es amarilla.

Es un barrio francés que jurarías que nunca existió sino fuera porque la Loly así lo afirma.

Es un tren que se desliza a 312 kilometros la hora hasta Beijing.

Es un acabose en 48 horas, Shanghai no necesita más.

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