Cumpleaños en los Himalayas

Con los pitidos del tráfico del barrio de Thamel en Kathmandú resonando dos calles más abajo, os saludo de nuevo, cochinistas míos. Si no me equivoco llegué a Nepal el 5 de septiembre y me parece increíble que hayan pasado dos semanas ya y sigue sumando. Del vuelo HK-KAT sólo me acuerdo de un tipo sentado dos asiento detrás de mi, al otro lado del pasillo. Era un hombre negro, de unos cincuenta años, viajaba solo y le estaba dando un ataque de asma, aunque de eso me enteré más tarde. Se agarraba con las dos manos a la mesita plegable y, con los ojos cerrados, se concentraba en respirar muy profundo, tan profundo que con cada espiración, le caía más baba sobre la que ya tenía por la barbilla y el pecho. Hacía un ruido angustioso y tenía un aspecto nada prometedor pero nadie, ni siquiera las azafatas ocupadas en servir las bebidas, se daba cuenta de lo que estaba pasando. Después de mirar a mi alrededor, y de confirmar pasmada que era la única que le estaba prestando atención, avisé a una azafata y al momento tenía a unas cuantas revoloteando a su alrededor. Hasta la azafata jefa de primera clase se pasó por la turista. El tipo estaba tranquilo, consciente, respondía con lógica y seriedad. Sólo necesitaba su inhalador y al rato se quedó dormido con él en la mano. Pero, joder, qué susto de asma y qué miedo que nadie levantara una ceja ¿no? Y así llegué a Kathmandú a las 22h  y sin dólares en el bolsillo para pagar el visado. ¡Y cuidado que son 40 dólares por 30 días de estancia! Por suerte, el visado también se puede pagar en euros y en dólares de Hong Kong -que era lo que llevaba- que si no me habría tocado montar numerito para sacar dinero. (Un año viajando y que todavía me pasen estas cosas…) El caso que llegada al hostel, directa a la cama, y todavía haciéndome a la idea de que estaba en ¡¡NEPAL!!

A la mañana siguiente me metí de lleno en el bullicio de Kat. Le pedí un mapa al de recepción del hostel que me miró con cara de “te vas a perdeeeer” y yo le miré con otra de “tu no sabes bien con quién estás tratandooo, chavaaal”. ¿Y con quién estaba tratando? Pues con una pardilla que se habría perdido sino hubiera sido porque se le colgó del hombro el típico tío que aparece como de la nada, te da conversa y te lía y te lía hasta que llega la noche y todavía estás con él. El típico. A los dos minutos y medio le pregunté qué quería y él me contestó que nada, que sólo ayudarme. Al cabo de tres horas estábamos concertando sus honorarios como posible guía al Campo Base del Anapurna (10 dólares/día). Lo cierto es que mucho antes de eso me llevó directa a la Oficina de Turismo donde se pueden sacar los permisos de trekking y donde recogí mapas e info; me llevó en moto a un templo que hay por aquí patrimonio de la Unesco con muchos satus -hombres santos- que te piden dinero por hacerles fotos; me contó leyendas de Ganesh y el tridente, le saqué toda la info que pude, la contrasté con lo que hay por internet y cuando ya se puso muy pesado, le tuve que despedir amable e insistentemente -un beso ya me parece demasiado… Con beso o sin él ya había decidido hacer el trekking del Campo Base del Anapurna por mi cuenta, así, sola, sin guía, sin porteador y sin ná. En un principio tenía pensado hacer la ruta circular que te lleva hasta el paso del Thorong-La, el más alto del mundo, a 5.000 y pico metros de altitud. Pero me di cuenta de que si hacía la circular, con unos 15 días de ruta aprox, (unos hablan de 12, otros de 21 días), no me iba a dar tiempo a ver nada más en Nepal y me parecía una pena así que opté por los supuestos 9 días del campo base del Anapurna desde donde se puede ver el Anapurna I, un 8.000 al fin y al cabo, que tampoco está nada mal.

Al día siguiente volví a la Oficina de Turismo con mis fotos, mi dinero y mis fechas para sacarme los permisos y hete aquí que hay otro españolito en las mismas que yo, sólo que él ya estaba terminando cuando yo llegué. Tan rápido fue todo que la presentación se solapó con la despedida y Rafa “el guardabosques de Picos de Europa del lado de Potes, Cantabria” marchó por la puerta y allí quedé yo, rellenando mis papeles y pensando que le debería haber propuesto ir juntos, cuando Rafa vuelve a aparecer por la misma puerta por la que se había ido -no había otra- y me pregunta que si quiero ir con él al ABC -Anapurna Base Camp- o que si prefiero ir sola. Pues menudo compañero me había echado ¡un guardabosques ni más ni menos! Ni que decir tiene que acepté encantada. Y de ahí que nos fuimos a hacer los preparativos para salir camino a Pokhara al día siguiente. Compramos los billetes de autobús y algo de equipamiento que nos hacía falta y ¡chicos! ¡Noticias! ¡Ya tengo mi camel-back o la joroba esta que te permite ir bebiendo agua sin necesidad de parar a echar mano a la botella! ¡Y no veáis cómo mola!

Sea como fuere, el ocho de septiembre estábamos en Pokhara después de un largo viaje en autobús que empezó a las siete y media de la mañana y que duró ocho horas por unas carreteras llenas de curvas y baches. El 9 de septiembre comenzamos camino desde Nayapul, armados con el excelente perfil de la ruta que nos habían dado en la Oficina de Turismo de Kat, nuestros permisos, unos mapas que habíamos comprado, los bastones, las jorobas y las mochilas. Y esta es la ruta que seguimos:

Día 1. Pokhara – Nayapul (taxi, 1.500 rupias = 15 euros, 1h 30´) El taxista nos aseguró que una semana dejaba de llover -lo que significaba que se podía pegar toda una semana lloviendo- y por una ventanita que abrieron las nubes vimos el pico del Machapuchre -pronunciado “machapuchara” allá a lo lejos. Ya no volvió a abrir más en todo el día.

Nayapul – Kimché. 10 kilómetros. 500 metros de desnivel, max 1550 m.a. 6 horas de camino (siempre contando con los descansos.)

Siendo el primer día nos lo tomamos muy tranquilo, como debe ser, de calentamiento y haciendo paraditas a cada rato donde comencé la tradición del té masala -yo creo que he sobrevivido al Annapurna a base de masalas. Preguntando a la gente que nos encontramos por el camino -porque no hay muchas señalización que digamos- fuimos pasando por los pueblos de Birethanti, Chimrong y Syauli Bazar hasta que llegamos a Kimche. Y cuando nos empeñábamos en perdernos, los lugareños nos indicaban que por ahí no era con un ruidito de “ntntnt”. La verdad es que perdernos lo que se dice perdernos, nos perdimos una vez. El primer día. Y no hubo mucho que lamentar porque rapidito retomamos el buen camino. En estas fechas todavía no hay mucha gente por los senderos pero aunque parezca que estás solo, enseguida aparece algún campesino o algún niño que te indica el camino a seguir en una encrucijada. Además, si vas de ida, normalmente el camino correcto es el que va cuesta arriba… (¡ACABO DE SENTIR UN TEMBLOR DE TIERRA!)

Día 2. Kimche – Chomrong. 15 kilómetros. 800 metros de desnivel, max 2140 m.a. 8 horas de camino.

 El trigésimo cuarto cumpleaños de la menda. Y una tufa de agua que nos cayó encima que no os quiero ni contar. El Goretex no aguanta eso por mucho Algore que sea. Caía un torrente de pleno monzón bajando hasta el río que se llevaba el propio camino. Y de subida tuvimos que luchar contra las sanguijuelas que se colaban por donde fuera y podían acabar en sitios tan insospechados como el costillar superior derecho. “¿Y cómo habrá llegado hasta allí la bicha?” te preguntas “¿Cómo habrá traspasado las dos capas, capucha y mangas hasta llegar a la sobaquina?” Y más importante todavía “¿cómo habrá salido de ahí, si es que lo ha hecho?” Mi primera sanguijuela estaba en el dorso de la palma de la mano izquierda y me la vi cuando me estaba llevando una galleta a la boca, pensando que lo peor ya había pasado. “¡Quítamela, quítamela!”, le decía a Rafa, intentando mantener la calma y la voz a un nivel adulto. La sanguijuela no duele, sólo da mucho asco. Te la tienes que quitar con fuego o con sal porque si tiras de ella pueden quedar sus dientes dentro de tu carne y lo más seguro es que se infecten y menuda gracia. Así que hay que mantener la calma y rezar para que el mechero no se haya mojado durante el diluvio. Rafa me quita la sanguijuela, me mira y me dice “pues vaya cumpleaños que estás teniendo” y yo le respondo “esto sólo imprime carácter, Rafa, imprime carácter” y ya nos quedamos con la broma para el resto del trekking. A la sanguijuela siguieron llamadas de felicitación de mi padre y amigas -y no estoy sugiriendo ningún símil-, lo que me alegró aún más si cabe el día. Y a las llamadas siguió una gran tormenta nocturna que resonaba y rebotaba contra el techo de lata del albergue y que nos hizo pensar en la madre del taxista del primer día.

Día 3. Chomrong – Himalaya. 10 kilómetros. 800 metros de desnivel, max 2.929 m.a. 9 horas caminando.

A partir de Chomrong el paisaje cambia y las condiciones del camino también. Ya no hay más poblaciones permanentes y lo que quedan son albergues o “tea houses” como las llaman aquí. No es que vayan a faltar, las hay de sobra y más en esta época del año, pero ya no hay niños yendo al colegio, ni mazorcas al sol, ni mulas cargando enseres, ni plantas de marihuana por el camino (lo que me hace sospechar que no son tan silvestres como se propone.) El camino se estrecha, es más aéreo y sientes más la montaña. A estas alturas -sería por la falta de oxígeno- yo me sentía ágil como una gacela, ligera como una pluma y rápida como un leopardo de las nieves. Había desarrollado de pleno la visión de barrido -que no sé si es invento mío pero así la he venido a llamar- a la que había dedicado el día anterior y que consiste en mirar el lugar en el que estás pisando y, al mismo tiempo, mirar también los cinco metros que tienes delante de ti en un campo de visión en forma de tubo que se ensancha al final. De esa manera sabes donde estás pisando y a la vez analizas los siguientes pasos que vas a dar, lo que te permite no pararte a pensar qué camino es mejor y así no pierdes ritmo. (Todo esto sin olvidar el pie que queda atrás que lo mismo hay una piedra más alta que otra) Piensas: “piedra grande en mitad del camino, posiblemente se mueva; charco a la derecha, barro en la izquierda, saltar por encima de las raíces…” Y así todo el camino. Si a eso le unes que te sientes bien con el esfuerzo y que tu cuerpo responde, te conviertes en una máquina de pisar millas. Me acordé de Andreu en el Abel Tasman de Nueva Zelanda cuando después de nuestro primer trekking de 9 horas para él, me cogió por los hombros y me dijo “baila, baila”. Estaba puesto hasta las cejas de endorfinas y yo también cuando le decía a Rafa esta vez: “yo porque va a caer la noche, que sino, sigo caminando. ¡Que sigo caminando!” A las 16h empezábamos a buscar alojamiento, y ya se nos habían hecho las 17h aquel día. “¡Cómo anda esta chica!”, decía Rafa, “¡cómo anda!”. Todavía no le había explicado lo de la visión de barrido.

Día 4. Himalaya – Campo Base del Machapuchare. 8 kilómetros. 500 metros de desnivel, max 3.700 m.a. 7 horas caminando.

¡Mucho tiempo para tan pocos kilómetros!, diréis. Ya, pero es que la etapa se termina a una altitud de 3.700 metros y la verdad es que noté bastante la falta de oxígeno. En el último tramo era como si tuviera el mareo seco del marinero que baja a tierra, tenía que enfocar el camino dos veces para ver donde estaba pisando y lo encontraba hasta casi divertido. La cabeza me dolía a ratos y me tropezaba todo el rato con las piedras del camino. Por mucho que pensara que tenía que levantar más los pies, daba igual, me seguía tropezando. Así que me quedé en el Campo Base (CB) del Machapuchre mientras Rafa subía al Annapurna CB ese mismo día. Me tomé un masala -otro- y salí a sentarme sobre una roca a mirar la montaña. O lo que la niebla dejaba ver de ella. La niebla subía despacio del río y cubría la pared de la montaña con dedos sinuosos, inacabables, que se movían lentos, lentos, cubriendo cada recoveco de la piedra, sintiendo cada átomo de granito. Escalaba la montaña en un baile apasionado pero terriblemente contenido, quién sabe si tan ni siquiera la llegaba a rozar. No hay prisa, la niebla lleva seduciendo a la montaña millones de años ya. Contemplando como la niebla le hace el amor a la montaña intentas no respirar, no sea que les molestes. Y piensas que aunque no se vea el pico, tomado como está por las nubes, la montaña sigue siendo igual de hermosa. Y que la montaña es lo que tiene, que a veces se deja ver y otras no, y precisamente por eso la quieres más. Pensé en la cantidad de picos que he visto ya: Torres del Paine, Fitz Roy, Uluru, Monte Cook… ¡Qué más daba que la Cordillera del Himalaya se hacía de rogar un poco? Así tenía excusa para volver (como si necesitara alguna…) El caso es que llevaba cuatro días nublados sino es lloviendo o diluviando y parecía muy poco probable que al día siguiente hubiera algún cambio. Había observado que el único momento del día en el que parecía verse algo era muy temprano por la mañana, como a eso de las 5:00-5:30: Luego se nublaba todo y a echarle imaginación. Esa noche me metí en el saco y puse el despertador a las 4:00 de la mañana con la esperanza de que sirviera de algo.

Día 5. Campo Base del Machapuchre – Campo Base del Annapurna. 3 kilómetros. 400 metros de desnivel, max 4.130 m.a. 1 hora y media caminando.

Me levanto a las 4:00h. El día está oscuro como boca de lobo pero se pueden distinguir unas nubes bajas. Hago tiempo hasta las 4:30 pero la situación no cambia y me vuelvo a meter en el saco. Me despierto a las 5:15 salgo y ¡se ha producido el milagro! Se me olvida respirar cuando veo la cara sur del Annapurna totalmente despejada y su frente nevada iluminada por el sol anaranjado del amanecer. El sol estaba bajo y dejaba la base de la montaña en la oscuridad, lo que hacía parecer que el Annapurna estuviera flotando en un aura de luz misteriosa, medio divina medio fantasmal. Cuando recordé respirar, desperté a Rafa con más urgencia de la que pueda recordar nunca. “¡Rafa, la montaña!” La montaña es como dios, aún cuando no puedes verla sabes que está ahí y cuando por fin aparece es una llamada que no puedes negar o posponer, tienes que acudir inmediatamente. Y así Rafa estaba en tres segundos en la calle, en calzoncillos y calcetines boquiabierto ante el Annapurna Sur. Me vuelvo de espaldas y ¿qué veo? El pico perfecto del Machapuchre. ¡Vaya despertar! Toda una conspiración en contra de meteosats y taxistas. No sabíamos si seguir ahí parados, extasiados y en calcetines, o si comenzar la marcha al Annapurna CB. Efectivamente: subimos al Annapurna CB.

Por el camino yo no sabía para donde mirar. La cordillera del Himalaya se había desnudado de nubes, nieblas y neblinas y relucía entera con sus nieves perpetuas ante mis ojos. Piedra negra, nieve blanca como no la hayáis visto nunca. El camino se hizo liviano sin mochila y la cámara de fotos vivió uno de sus momentos más gloriosos hasta ahora. Una vez arriba desayunamos con el mapa desplegado sobre la mesa. Teníamos una vista privilegiada desde el centro del círculo de montañas. Al Norte se podía ver el Anapurna I, con 8.091 metros de altura -el primero de mis 14 ocho miles, a uno por año acabo cuando tenga 48, ¡je!- Al este el Machapuchre, con 6.997 metros, también conocido como Cola de Pez por la forma que tiene el pico. El pico es perfecto, cortado a precisión pero más me parece la cabeza de un pez que la cola. Al oeste, toda la fachada del Annapurna Sur con sus 7219 metros. Y detrás de nosotros, el Hiun Chuli, con 6.434 metros. Y todo esto con café y tostadas y sin turistas. Éramos cinco, contados con estos deditos de esta mano. “Too good to be true.” Y además la ventana sí duró: casi cuatro horas y no fue ventana sino cristalera. Allá arriba, a ese pico de 8.000 o 6.000 que estás viendo no ha llegado nadie. Esa nieve tan perfecta, acumulada durante millones de años, capa a capa, invierno tras invierno, no ha sido tocada por el hombre nunca jamás. Es pura, bella, sin falta, sin huella. Yo le hubiera pedido a la vida sólo una cosa más: ¡más zoom en la cámara! ¡Y ponme otro masala! Nos hicimos las fotos de rigor en el mojón este que no me acuerdo como se llama con todas las banderitas de colores y las placas a los que intentaron subir el Annapurna y no volvieron. Admiramos la morrena del glaciar y buscamos con la mirada los restos de la lengua de hielo mezclada con tierra y piedras. Y cuando la ventana empezó a cerrar, empezamos también el descenso. Volvimos a Machapuchre CB para tomar las mochilas y seguímos bajando hasta Dovan, ya a 2.500 metros de altitud.

Día 6. Seguimos descendiendo hasta Jhinu (1.700 metros altitud.) y las rodillas empiezan a acusar tanta bajada. La visión de barrido se convierte en “escalón, escalón, escalón”.

Día 7. Acortamos camino por New Bridge hasta Nayapul. Nos vuelve a caer la del pulpo dos veces y volvemos a cruzar por el valle de las sanguijuelas. Incluso vemos a un chico que se estaba intentado quitar una que tenía muy subidita en la ingle mientras su grupo de amigos se carcajeaba de él. Llegamos a Nayapul alrededor de las 15:00 y tomamos un bus por 80 rupias a Pokhara. Llegamos a Pokhara tarde y cansados. Cena de filete y a la cama.

Resumen: totalmente recomendable, si te gusta caminar querrás más. Se puede hacer sin guía ni porteador perfectamente. A comienzos de septiembre llueve mucho y casi no hay turistas pero imagino que a finales de mes aquello será como una romería. En dormir gastas 100 rupias la noche (1 euro) pero un plato de pasta te cuesta 500 rupias o más y después de caminar tanto te apetece un buen plato de algo caliente y contundente. Calculo que me habré gastado 10 euros al día, aprox. Hay quien se queja de que está todo muy preparado y hay muchas “tea house ” y el camino está empedrado. Yo le contestaría que se subiera los 4.000 metros con tienda y comida para siete días, y sin vías abiertas. A ver hasta dónde llegaba.

Advertencia: no se seca nada y todo se moja. Al final poníamos los calcetines dentro del saco para que se secaran con nuestro propio calor y subían unos efluvios que más que dormir yo creo que caíamos desmayados.

En Pokhara he estado dos días estabilizándome frente al lago Phewa. Inundada por el clavo, el jengibre y la canela de las teteras de masala que me he tomado en una terraza frente al lago. Leyendo un compendium científico y llenándome la cabeza de galaxias, estrellas y supernovas. ¿Sabíais que realmente no tocamos nada? Lo que ocurre es que la carga negativa de nuestros electrones reacciona con la carga negativa de los electrones de lo que intentamos tocar y se produce un rechazo entre los dos cuerpos. Como cuando intentamos juntar dos imanes con la misma carga magnética. O sea, que cuando estamos sentados, nuestro trasero no está apoyado sobre la silla sino que está realmente levitando sobre ella a una distancia de 1 milímetro elevado a la menos 39 (o algo así), es decir, un milímetro dividido por muchos ceros a la izquierda. ¡Lo que hay que oir! Y aquí ando en Kat de vuelta, sin saber muy bien cómo hacer esto del próximo trekking por Lantang pero me quiero marchar mañana mismo. Aquí hay demasiados coches, ruidos, gente y polvo.

¿Os he comentado que no vuelvo? Es decir ¿Que hago una parada más en Grecia? (Pero vamos, con lo que se oye de España en gral y de Madrid en concreto dan ganas de quedarse en los Himalayas, mire usté.)

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Acerca de Iguácel

Mostrando en imágenes una vuelta al mundo más.
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2 respuestas a Cumpleaños en los Himalayas

  1. concha dijo:

    ¡Jo, Iguacel! Esta vez sí que me has dejado boquiabierta, aún más que en relatos anteriores. Creo que he visto un poquito del Annapurna en ese amanecer grandioso!
    ¿Realmente piensas volver algún día?
    Y si lo haces, ¿cuándo podremos ver las maravillosas fotografías de tu periplo?
    Besos

  2. laly compi insti dijo:

    recuerdo que me hablaste de tus planes para ir a Grecia, menuda guinda para el pastel!
    sí, aquí la situación muy complicada, luchando!!
    besos y felicidades

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